04.08.14

Sitges – Begues

El pasado San Juan, que cogí la bici y pasé la noche en una cueva cerca de casa, viví una experiencia tan agradable de soledad en comunión con la naturaleza, que pensé en ampliar el recorrido. Hacía tiempo que quería cruzar el Garraf, tomar conciencia del macizo montañoso en el que vivo desde hace ya unos años, vivirlo. Hoy es el día. Desayuno en Sitges mientras me preparo la ruta y decido tomar un GR que sale detrás de a Llevantina, una urbanización en una colina al norte de Sitges. No estoy muy ducho en la interpretación de los mapas y no tengo claro si un GR es una ruta adecuada para hacer en bicicleta. Aun así, decido probar suerte.

El camino resulta ser impracticable, muy empinado y pedregoso, así que he de echarme la bici al hombro nada más empezar, lo cual tendré que hacer en varias ocasiones más. Sin embargo la vista sobre el Mediterráneo es preciosa. Me encuentro con una pareja que está tomando el mismo camino para ir a la playa de Garraf; encontrarse gente en los caminos suele ser muy agradable. Después de un buen rato, unas guardas forestales me indican como llegar a la ermita de la Trinitat.

Tras descansar y repostar agua, bajo a la carretera que bordea la costa y enseguida llego a la cimentera de Vallcarca, desde donde me interno en el parque. Poco a poco, con mucho calor y esfuerzo pero contento, llego al monasterio budista, en medio del parque. Una vez allí, me dirijo a una estupa rodeada de los típicos cilindros con inscripciones que puedes hacer girar mientras das la vuelta y mientras lo hago, veo en el suelo una bolsa de plástico con una pera dentro. Pienso que estoy de suerte porque tengo hambre, así que la cojo y me dispongo a comérmela. En ese momento y mientras sigo dando vueltas al monumento, veo a un monje en actitud de meditación y pienso que probablemente la fruta que ahora está en mis manos sea suya. Sin embargo, tras una momentánea duda moral, decido quedármela. Hasta ahora he ido comiendo moras y almendras del camino y me he encontrado un pozo con un cubo atado a una cuerda, así que me siento afortunado porque el camino se me hace amabl y la naturaleza me provée de lo que necesito. Por eso pienso que la pera es un regalo más y que en todo caso el monje se las podrá arreglar en el monasterio.

Sigo pedaleando hacia Begues y, una vez allá, en un bar en la plaza del centro, me tomo un helado y unas cervezas con deleite. Enseguida se hará de noche. Estoy cansado, he recorrido unos 50 kilómetros al sol, con bastante desnivel y a veces por caminos complicados. Tomo un camino entre fincas al norte del pueblo y ando bastante buscando algún lugar donde pasar la noche. Siento responsabilidad por procurarme un buen sitio y tengo confianza en que lo encontraré. Es una sensación muy nueva, excitante y muy “real”. Ya casi de noche doy con lo que parece una cabaña de pastor, de piedra, al costado de un camino que bordea unas paredes desde donde hay muy buenas vistas. Escucho a unos chicos haciendo escalada en las proximidades. Decido dormir aquí pues aunque no quepo entero dentro de la cabaña de piedra, puedo protegerme en caso de lluvia.

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